martes, 1 de marzo de 2011

Miguel Delibes.- EL CAMINO


Daniel, el Mochuelo, notaba en la garganta un
volumen inusitado, como si se tratara de un cuerpo
extraño. Su madre se pasó el envés de la mano por la
punta de la nariz remangada y sorbió una moquita.
"El momento debe de ser muy especial cuando la madre
hace eso que otras veces me prohibe hacer a mí",
pensó el Mochuelo. Y sintió unos sinceros y
apremiantes deseos de llorar.
No acertaba a comprender cómo podría llegar a ser algo muy grande en la vida. Y se esforzaba, tesoneramente, en comprenderlo. Para él, algo muy grande era Paco, el herrero, con su tórax inabarcable, con sus espaldas macizas y su pelo híspido y rojo; con su aspecto salvaje y duro de dios primitivo... 

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