miércoles, 12 de octubre de 2011

RAFAEL BLANCO.- Relatos Mitológicos Griegos

Un  buen día, camino del jardín de las Hespérides, pasó por el Cáucaso el hijo de Alcmena, Hércules. Descubrió al infeliz Prometeo encadenado y atormentado por la rapaz incompasiva . Al instante la mató con una de sus flechas y rompiendo las fuertes cadenas lo liberó.
Zeus había jurado que lo tendría eternamente encadenado a la roca; Hércules comprensivo y para que el juramento se cumpliera, sujetó fuertemente  a un dedo de Prometeo uno de los eslabones de la cadena y a este eslabón, un trocito de la roca del  Cáucaso.  De esta forma, y sin que Zeus cometiera perjurio alguno, Prometeo quedaba en libertad, pero al mismo tiempo, eternamente encadenado a la roca.
Esta fue la primera sortija con una piedra engarzada; piedra de valiosos quilates. Tan valiosos que ni el más experto joyero se hubiera atrevido a pignorar. Prometeo, el eterno encadenado, fue el pionero  del quizás más clásico y persistente adorno que hay utilizado la humanidad durante toda su existencia.