sábado, 3 de marzo de 2012

CAMILLA LÄCKBERG.- La princesa de hielo.

     Calento un mechón de su cabello entre sus manos. Los diminutos cristales de hielo se derritieron mojando las palmas. Fue lamiendo el agua, con deleite.


    Apoyó la mejilla contra el borde de la bañera y sintió cómo el frío le mordía la piel. Era tan hermosa. Allí, flotando en la superficie del hielo.


   Los lazos que los unían aún seguían vivos. Nada había cambiado. Nada era diferente. Dos de la misma naturaleza.

   Tan sólo con un mínimo esfuerzo podía darle la vuelta a su mano para unir las dos palmas. Trenzó sus dedos con los de ella. La sangre estaba reseca y coagulada y se adhirió en pequeños fragmentos a su piel.

   El tiempo jamás había sido importante cuando él estaba a su lado. Años, días o semanas, todo se confundía en una mezcolanza en la que sólo importaba aquello: la palma de ella contra la suya. Por eso había sido tan dolorosa la traición . Ella había hecho que el tiempo recobrase su importancia. Y por eso la sangre jamás volvería a correr cálida por sus venas.

   Antes de marcharse, volvió a colocar la mano en su posición original, con sumo cuidado.
No se volvió a mirar.

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