lunes, 19 de marzo de 2012

ALBERT ESPINOSA.- Todo lo que podríamos haber sido tú y yo si no fuéramos tu y yo.

Hacía años que no visitaba Salamanca. La última vez fue cuando tenía 12 años. A mi madre la contrataron para un bolo de verano al aire libre.

Le gustaban mucho este tipo de eventos; solía decir que el público se relajaba, los bailarines se sentían cómodos y que el influjo de las estrellas, de la luna  y del aire fresco revitalizaban esas funciones mediocres.
A veces me contaba que el espectáculo era ese todo y que le encantaba mezclarse entre el público y ver cómo el que tenía a su izquierda escuchaba la música del espectáculo mientras miraba el cielo estrellado y cómo el de la derecha seguía con atención los movimientos de los danzarines pero que su olfato estaba totalmente ocupado deleitándose con los olores de la noche veraniega mezclados con cientos de aromas de bronceadores.

Ella actuó en la plaza Mayor de Salamanca con su compañía, un verano muy caluroso. El lugar, el público y el clima eran tan maravillosos que recuerdo que mi madre dijo que le hacían una competencia que rozaba  la ilegalidad.

Pusimos rumbo a Peñaranda. Tan solo cuarenta kilómetros nos separaban de esa población....Al llegar a Peñaranda, el extraño fue guiando al peruano por las callejuelas como si hubiera vivido allí toda la vida.
Acabamos en la plaza Nueva,  la tercera plaza que visitaba. ..Un enorme letrero que la presidía indicaba que había sido construida por presos de la guerra española.....

domingo, 18 de marzo de 2012

LUCÍA ETXEBARRIA.- Cosmofobia

Amplia muestra de personas, de diferentes orígenes, países  y culturas, que conviven y se relacionan  en un barrio de Madrid. Marginales, drogadictos, anoréxicas, psicólogos, trabajadores sociales,  artistas del mundo de la pintura y del cine, todo ello mezclado  y contado con un lenguaje coloquial pero rico y diverso al igual que los personajes, descripciones meticulosas de cada persona e historias que se cruzan contadas cara a cara. 

...Una noche  Aritz le pidió por favor a su amiga Mónica  que le acompañara por los bares de Chueca, antros que él desconocía pero que imaginaba, pues había leído en una revista alguna insinuación a propósito del público que los frecuentaba ( recuerda que entoneces no había Internet, ni contestadores, ni móviles, y que la palabra "gay" no se usaba, mucho menos todavía el concpeto "orgullo gay"), de forma que acabaron en un bar de ambiente en el que Mónica era la única mujer.  Ella no había cumplido aún los diecisiete y ni siquiera tenía edad legal para beber.  Aritz se puso a hablar con un hombre muy guapo y Mónica se parapetó contra la barra, sola, asustada e incómoda, cuando le abordó un chico gordito de nariz en forma de patata y pelo escarolado.  Mónica dedujo que estaba tan solo como ella porque, al no ser particularmente agraciado, nadie le hacía mayor caso. Se enzarzaron en una conversación sobre cine y música y, finalmente él le propuso acompañarla a casa. Ella no tenía edad para beber, pero sí  la suficiente como para haber captado que la oferta no implicaba insinuación sexual en modo alguno. Ya en el portal, él le dijo que había escrito el guión de un largo y que necesitaba una chica joven para hacer el papel de una tal Bom, y le dio su número de teléfono garrapateado en un papel que Mónica tiró al llegar a casa. El papel de Bom fue a parar a Alaska y el chico era Pedro Almodovar.  

sábado, 3 de marzo de 2012

CAMILLA LÄCKBERG.- La princesa de hielo.

     Calento un mechón de su cabello entre sus manos. Los diminutos cristales de hielo se derritieron mojando las palmas. Fue lamiendo el agua, con deleite.


    Apoyó la mejilla contra el borde de la bañera y sintió cómo el frío le mordía la piel. Era tan hermosa. Allí, flotando en la superficie del hielo.


   Los lazos que los unían aún seguían vivos. Nada había cambiado. Nada era diferente. Dos de la misma naturaleza.

   Tan sólo con un mínimo esfuerzo podía darle la vuelta a su mano para unir las dos palmas. Trenzó sus dedos con los de ella. La sangre estaba reseca y coagulada y se adhirió en pequeños fragmentos a su piel.

   El tiempo jamás había sido importante cuando él estaba a su lado. Años, días o semanas, todo se confundía en una mezcolanza en la que sólo importaba aquello: la palma de ella contra la suya. Por eso había sido tan dolorosa la traición . Ella había hecho que el tiempo recobrase su importancia. Y por eso la sangre jamás volvería a correr cálida por sus venas.

   Antes de marcharse, volvió a colocar la mano en su posición original, con sumo cuidado.
No se volvió a mirar.